Cuando el espejo cuenta una historia diferente

Hay momentos en los que el cambio se hace visible. Hasta entonces, muchas cosas habían ocurrido por dentro: el miedo, la incertidumbre, el cansancio y las preguntas. Pero llega un día en que te miras al espejo y descubres que algo ha cambiado también por fuera, y ese encuentro puede ser más difícil de lo que muchas personas imaginan. No siempre estamos preparadas para ver reflejada en nuestro cuerpo una experiencia que todavía estamos intentando comprender emocionalmente.

Quizá sea una cicatriz. Quizá una pérdida o un aumento de peso, la caída del cabello, cambios en la piel o una parte de tu cuerpo que ya no luce igual que antes. O quizá sea algo que nadie más nota, pero que para ti resulta imposible ignorar.

Recuerdo que durante mi proceso hubo momentos en los que mi reflejo me obligó a reconocer que algo estaba cambiando. Y no siempre fue sencillo, porque no se trata únicamente de la apariencia, sino de lo que esos cambios representan. Muchas veces el espejo no solo muestra una imagen; muestra una historia. Una historia de tratamientos, de decisiones difíciles, de momentos de incertidumbre y de días en los que seguiste adelante incluso cuando no sabías exactamente cómo hacerlo.

Sin embargo, cuando estamos atravesando una enfermedad, es fácil quedarnos únicamente con la pérdida, con lo que ya no está, con lo que cambió o con aquello que extrañamos de nuestra imagen anterior.

Hace un tiempo acompañé a una mujer que había pasado por una cirugía importante. Me dijo algo que me conmovió profundamente: «Cada vez que veo mi cicatriz, recuerdo todo lo que perdí.» Durante nuestra conversación surgió una pregunta distinta: ¿Y si esa cicatriz también pudiera contar todo lo que sobreviviste?

No para romantizar el dolor ni para obligarte a sentir gratitud cuando todavía no estás ahí, sino para ampliar la mirada. Porque muchas veces vemos únicamente la ausencia y olvidamos la historia completa.

La escritora Joan Didion escribió una frase que me gusta mucho: «Nos contamos historias para poder vivir.» Y creo que eso también ocurre con nuestro cuerpo. La forma en que interpretamos los cambios influye enormemente en cómo nos sentimos frente a ellos. Hay personas que ven una cicatriz y solo ven una herida. Otras, con el tiempo, empiezan a verla también como una señal de fortaleza. Ninguna de las dos miradas aparece de la noche a la mañana. Es un proceso, y todo proceso merece tiempo.

Quizá hoy te cuesta reconocerte. Quizá extrañas el cuerpo que tenías antes o te descubres evitando los espejos, comparando constantemente tu imagen actual con la de hace unos años. Si es así, quiero que sepas algo: no hay nada de malo en sentirlo. La relación con nuestro cuerpo también atraviesa su propio proceso de adaptación y, del mismo modo que aprendemos a convivir con nuevas emociones, también podemos aprender a relacionarnos de una manera más amable con nuestra imagen.

No desde la obligación de gustarnos todo, sino desde el respeto. Desde reconocer que este cuerpo ha atravesado mucho, que ha soportado tratamientos, intervenciones, miedos y cambios… y que sigue aquí.

Quizá hoy el espejo cuenta una historia diferente, pero sigue siendo tu historia. Y merece ser mirada con la misma compasión con la que mirarías a alguien que amas. Porque detrás de cada cambio visible hay una persona que ha hecho lo mejor que ha podido para seguir adelante, y eso también merece ser reconocido.

Si este tema resonó contigo, me gustaría dejarte una pregunta para acompañarte durante estos días: ¿Qué pasaría si empezara a mirar mi cuerpo no solo por lo que perdió, sino también por todo lo que ha sido capaz de atravesar? A veces, las respuestas más importantes comienzan con una mirada distinta.

Comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *