Hay un momento después de recibir un diagnóstico en el que empiezas a darte cuenta de que no solamente estás enfrentando una enfermedad. También estás intentando comprender todo lo que comenzó a cambiar alrededor de ella. Algunas transformaciones son evidentes: aparecen consultas, tratamientos, medicamentos, cirugías o nuevas rutinas. Otras son mucho más difíciles de explicar porque no se ven desde afuera. Cambia tu manera de mirar el cuerpo, la tranquilidad con la que hacías planes, la relación con el tiempo y, en ocasiones, hasta esa sensación tan cotidiana de pensar que mañana será simplemente otro día.
Antes quizá organizabas unas vacaciones pensando únicamente en fechas y presupuesto. Ahora puede aparecer otra pregunta: “¿Cómo estaré para entonces?”. Antes un dolor podía ser solamente un dolor; después del diagnóstico quizá despierta pensamientos que antes no estaban. Antes hacías planes para los próximos meses sin preguntarte demasiado qué podría pasar entre hoy y entonces. La enfermedad puede cambiar no solamente lo que haces, sino la manera en que imaginas tu propia vida.
Y eso también puede doler.
Durante mucho tiempo hemos asociado la palabra duelo casi exclusivamente con la muerte. Sin embargo, el psiquiatra Colin Murray Parkes, uno de los referentes en el estudio del duelo, explicó que este también está relacionado con las transiciones y pérdidas significativas que obligan a reorganizar nuestra manera de vivir. Esta mirada resulta especialmente importante cuando hablamos de enfermedad, porque un diagnóstico puede traer consigo múltiples pérdidas aunque la persona siga aquí, viviendo, trabajando, amando y haciendo planes.
Puedes sentir duelo por el cuerpo que tenías antes, por una rutina que ya no puedes mantener, por la independencia que temporalmente has perdido, por un proyecto que tuviste que aplazar o por una manera de vivir que hasta entonces dabas por segura. También puede cambiar tu relación de pareja, tu sexualidad, tu trabajo, la dinámica familiar o la manera en que los demás te miran. Algunas de esas pérdidas serán temporales, otras quizá permanentes y muchas todavía no sabes cuánto durarán.
Imagina, por ejemplo, a una mujer que había trabajado durante años para conseguir un puesto que finalmente le permitía crecer profesionalmente. Poco después recibe un diagnóstico de cáncer y tiene que detenerse durante el tratamiento. Sus compañeros le escriben, su familia insiste en que lo único importante es recuperarse y ella sabe que tienen razón. Sin embargo, cuando piensa en su trabajo siente tristeza, rabia y miedo de que todo aquello que había construido continúe avanzando sin ella. Entonces se reprocha sentirse así porque piensa: “Debería estar agradecida de estar recibiendo tratamiento; el trabajo puede esperar”.
Pero una emoción no cancela la otra. Puede agradecer tener tratamiento y, al mismo tiempo, lamentar lo que la enfermedad interrumpió. Puede querer recuperarse y estar enfadada porque tuvo que detener su vida. Puede sentirse acompañada y tener momentos de profunda soledad. Reconocer una pérdida no significa ser desagradecida. Significa darle un lugar a algo que para ti era importante.
Esto es algo que me parece fundamental cuando acompañamos un duelo por enfermedad: no apresurarnos a convertir todo en aprendizaje. A veces queremos encontrar rápidamente “lo bueno” de lo sucedido, descubrir qué nos vino a enseñar la enfermedad o demostrar que hemos salido fortalecidas. Quizá algún día encontremos un significado en parte de la experiencia, pero no tenemos que hacerlo inmediatamente. Antes puede ser necesario reconocer con honestidad: esto cambió mi vida y hay cosas de la vida que tenía que extraño.
Yo conozco esa sensación de mirar una vida que continúa y, al mismo tiempo, darte cuenta de que ya no puedes habitarla exactamente de la misma manera. Cuando una enfermedad entra en nuestra historia, una parte del proceso consiste precisamente en comprender qué cambió, qué permanece y qué tendremos que aprender a construir de otra forma. No siempre podemos elegir lo que ocurrió, pero con el tiempo sí podemos empezar a decidir cómo queremos relacionarnos con la vida que tenemos ahora.
Por eso tampoco me gusta hablar de “volver a la normalidad” como si existiera un punto exacto al que debemos regresar. Después de una experiencia importante quizá recuperes muchas cosas de tu vida anterior, pero otras habrán cambiado y tú también. El objetivo no tiene que ser convertirte nuevamente en la mujer que eras el día anterior al diagnóstico. Puede ser conocer a la mujer que estás siendo después de atravesarlo.
Y si eres tú quien acompaña a alguien con cáncer, comprender este duelo también puede ayudarte a mirar de otra manera algunas de sus reacciones. Quizá desde afuera pienses que debería estar feliz porque una prueba salió bien, mientras ella continúa triste por los cambios de su cuerpo. Tal vez te sorprenda que después de terminar un tratamiento todavía tenga miedo o que eche de menos aspectos de una vida que aparentemente puede recuperar. No siempre necesita que le recuerdes todo lo positivo que tiene. A veces necesita poder decir “esto también lo perdí” sin que nadie intente convencerla inmediatamente de que no debería sentirse así.
Te propongo hacer algo sencillo esta semana. Divide una hoja en tres partes y escribe: “Lo que cambió”, “Lo que permanece” y “Lo que quiero empezar a construir”. No necesitas llenar cada espacio de inmediato. Quizá aparezcan cosas muy concretas y otras que todavía no sabes nombrar. El objetivo no es quedarte mirando lo perdido, sino comprender desde qué lugar estás comenzando esta nueva etapa.
Porque reconocer un duelo no significa quedarte atrapada en él. Al contrario, cuando podemos identificar lo que cambió dejamos de luchar constantemente por fingir que nada ocurrió y empezamos a preguntarnos qué necesitamos hacer con aquello que tenemos delante.
Tal vez tu vida ya no se sienta igual después del diagnóstico.
Eso no significa que haya dejado de ser tu vida.
Significa que ahora necesitas aprender a habitarla desde un lugar diferente.
🌿 Hay cambios que necesitan algo más que tiempo
Si al leer esto has reconocido pérdidas que todavía estás intentando comprender, en El Viaje Transformador encontrarás un recorrido guiado para mirar lo vivido, reconocer aquello que cambió e ir construyendo una nueva manera de relacionarte con tu historia y con la vida que tienes delante.
No se trata de olvidar lo ocurrido ni de obligarte a encontrar rápidamente “el lado bueno”. Se trata de hacer un proceso con aquello que la enfermedad movió en tu vida.

