Diciembre siempre me invita a mirar con honestidad aquello que aún me pesa. No solo los recuerdos difíciles, sino también las expectativas no cumplidas, las palabras que no dije, los planes que no salieron como imaginaba. A veces caminamos con más carga de la que reconocemos, y aprender a soltar —aunque suene sencillo— es uno de los procesos más profundos del alma.
Soltar no es olvidar. Tampoco es borrar lo vivido o pretender que no nos dolió. Soltar es permitir que aquello que ya cumplió su ciclo encuentre su lugar en nuestro pasado para que podamos seguir avanzando sin arrastrar lo que ya no corresponde al presente.
A lo largo de mi vida he tenido que soltar más de una vez: países, trabajos, identidades, etapas, personas y también versiones de mí misma que ya no representaban quién era. Cada despedida me enseñó algo distinto. Algunas fueron suaves, otras inesperadas, otras profundamente dolorosas… pero todas me mostraron que avanzar requiere espacio, y ese espacio solo aparece cuando dejamos ir lo que ya no nos sostiene.
Lo más difícil de soltar suele ser lo invisible: las ideas rígidas, las historias que nos contamos, las culpas que cargamos sin cuestionarlas. A veces, lo que más cuesta dejar ir no es lo que ocurrió afuera, sino lo que quedó moviéndose por dentro.
Hace unos días, mientras ordenaba mis cosas antes de cerrar el año, encontré objetos y papeles que llevaba guardando por costumbre. Algunos ya no tenían sentido, otros ya no representaban nada para mí. Al dejarlos ir, sentí una ligereza inesperada, como si algo dentro de mí también hubiera soltado un poco. Entonces recordé que el acto de soltar empieza muchas veces en lo concreto, pero termina transformando lo interno.
Si quieres hacer un ejercicio sencillo, te propongo algo:
Busca un cuaderno o una hoja y escribe una lista corta con tres cosas que sientes que ya no quieres llevar contigo al próximo año. Pueden ser hábitos, pensamientos, relaciones, culpas, miedos o incluso expectativas propias. Una vez que las escribas, léelas en voz baja. Pregúntate con honestidad: ¿Qué me dio esto en su momento? ¿Qué puedo agradecerle antes de dejarlo ir?
Agradecer lo que se va es una forma de honrar lo vivido y de abrir espacio para lo nuevo.
Soltar duele, sí. Pero también libera. Nos regresa a nuestro centro, nos recuerda lo esencial y nos invita a caminar más livianos hacia lo que viene. Soltar para avanzar es un acto de amor propio, una manera de decirnos: “merezco caminar con más claridad y menos peso.”
Si estás en un proceso en el que sientes que necesitas soltar algo para poder avanzar con más calma, puedes escribirme. Estaré encantada de acompañarte en este cierre de ciclo tan significativo.

