Hay una pregunta que escucho con mucha frecuencia y que, de una u otra manera, todos nos hacemos cuando la enfermedad llega a nuestra vida: ¿Qué más puedo hacer?
La escucho en personas que están viviendo un diagnóstico y quieren evitar que su familia sufra. La escucho en esposos, esposas, hijos, padres y amigos que harían cualquier cosa por aliviar el dolor de quien aman. Detrás de esa pregunta suele esconderse una gran impotencia, porque cuando queremos ayudar de verdad, descubrir que no todo depende de nosotros puede resultar profundamente doloroso.
Vivimos acostumbrados a resolver problemas. Si alguien tiene frío, buscamos una manta. Si alguien necesita algo, intentamos conseguirlo. Pero la enfermedad nos enfrenta a situaciones en las que, por mucho amor que pongamos, hay cosas que simplemente no podemos cambiar. Y aceptar esa realidad no siempre es fácil.
Recuerdo una conversación con un hombre cuya esposa llevaba varios meses en tratamiento. Me dijo: «Si me pidiera cualquier cosa, movería cielo y tierra para conseguirla. Lo que me desespera es verla triste y no saber cómo aliviar ese dolor.» Poco tiempo después, una mujer que atravesaba una enfermedad me compartió una reflexión muy parecida, pero desde el otro lado: «Lo único que necesito es que mi familia deje de sentirse responsable de hacerme sentir bien todo el tiempo.»
Aquellas dos conversaciones hablaban de lo mismo. Muchas veces creemos que acompañar significa encontrar soluciones, cuando en realidad la otra persona solo necesita sentirse comprendida. No siempre espera que tengamos las palabras adecuadas. Muchas veces basta con saber que no tendrá que atravesar ese momento en soledad.
Durante mis propios procesos de salud también hubo personas que me preguntaban qué podían hacer por mí. Algunas se sentían incómodas porque no encontraban la manera de ayudar. Con el tiempo comprendí que muchas de las cosas que más agradecí no fueron grandes gestos. Fueron llamadas inesperadas, mensajes sencillos, alguien que se sentó a escucharme sin intentar convencerme de que todo iba a salir bien o una persona que simplemente permaneció a mi lado cuando yo no tenía ganas de hablar.
El psiquiatra Irvin D. Yalom escribe que una de las experiencias más sanadoras que puede vivir una persona es sentirse acompañada por otro ser humano que permanece presente sin intentar escapar del sufrimiento. Esa idea siempre me ha parecido muy valiosa, porque nos libera de la obligación de tener todas las respuestas. Nos recuerda que la presencia también es una forma de ayuda.
Quizá hoy estés buscando las palabras perfectas y no las encuentres. Quizá tengas miedo de decir algo que haga sentir peor a la otra persona. O tal vez pienses que no estás haciendo suficiente porque no puedes cambiar la enfermedad. Si es así, quiero invitarte a mirar tu acompañamiento desde otro lugar.
A veces ayudar consiste en preguntar: «¿Cómo te sientes hoy?» y escuchar la respuesta sin interrumpir. Otras veces significa ofrecer ayuda concreta en lugar de decir simplemente: «Avísame si necesitas algo.» En ocasiones será preparar una comida, acompañar a una consulta médica, quedarse un rato en silencio o permitir que la otra persona exprese su miedo sin intentar quitarle importancia.
Y si eres quien está viviendo la enfermedad, quizá también puedas darte permiso para decir con claridad lo que necesitas. Muchas personas desean ayudarte, pero no saben cómo hacerlo. Pedir compañía, descanso, una conversación o incluso un momento de silencio no es exigir demasiado. Es permitir que quienes te aman puedan estar cerca de una forma que realmente te haga bien.
Con los años he aprendido que el acompañamiento no se mide por la cantidad de soluciones que ofrecemos, sino por la calidad de nuestra presencia. Hay personas que nunca encontrarán las palabras perfectas y, aun así, dejarán una huella inmensa porque supieron quedarse cuando más falta hacía.
Quizá hoy no puedas cambiar lo que está ocurriendo. Pero sí puedes hacer algo profundamente valioso: mirar a la otra persona y hacerle sentir que no está sola. Y, muchas veces, ese gesto sencillo tiene más fuerza que cualquier consejo.
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