La difícil tarea de soltar el control

Si hay algo que muchas personas descubrimos cuando llega una enfermedad, es cuánto nos gustaba sentir que teníamos el control. Control sobre nuestro tiempo, sobre nuestros planes, sobre nuestro cuerpo y sobre el futuro. Y aunque nunca lo tuvimos completamente, vivíamos con la sensación de que podíamos organizar nuestra vida y que las cosas seguirían, más o menos, el rumbo esperado.

Hasta que un día algo cambia. De pronto aparecen citas médicas que no estaban en la agenda, resultados que no dependen de nosotros, tratamientos que tienen sus propios tiempos, un cuerpo que responde de maneras inesperadas y una realidad que ya no podemos dirigir como antes.

Recuerdo que una de las lecciones más difíciles para mí no fue aprender a convivir con la enfermedad. Fue aprender a convivir con la incertidumbre. Siempre he sido una persona que busca soluciones, organiza, planifica y actúa. Descubrir que había situaciones que no podía acelerar, controlar ni resolver fue profundamente desafiante.

Había días en los que quería saber exactamente qué iba a pasar, cómo iba a evolucionar todo, qué resultado tendría cada tratamiento o cuándo terminaría esa etapa. Pero la vida no me daba esas respuestas y eso generaba una enorme frustración.

Hace algún tiempo acompañé a una mujer cuyo esposo estaba atravesando una enfermedad compleja. Ella me decía: «Lo que más me agota no es cuidar de él. Lo que más me agota es no saber qué va a pasar.» Creo que ahí hay algo muy importante. Muchas veces no es la realidad la que más nos desgasta, sino la incertidumbre.

La mente intenta llenar los espacios vacíos. Busca respuestas, hace cálculos, imagina escenarios e intenta prepararse para todo, como si pensar más pudiera ofrecernos alguna garantía. Pero casi nunca funciona así.

La escritora y profesora Brené Brown define la vulnerabilidad como la incertidumbre, el riesgo y la exposición emocional. Cuando leí esa definición por primera vez, entendí por qué la enfermedad puede resultar tan agotadora emocionalmente. Nos coloca exactamente ahí: en un lugar donde no sabemos. Y para quienes estamos acostumbrados a resolver, eso puede sentirse especialmente incómodo.

Sin embargo, con el tiempo he aprendido algo que no me gustó aprender, pero que terminó siendo profundamente valioso. Soltar el control no significa rendirse. No significa dejar de cuidarse ni dejar de tomar decisiones. Significa reconocer la diferencia entre lo que podemos influir y lo que no.

Podemos seguir un tratamiento, pedir ayuda, hacer preguntas, buscar apoyo y tomar decisiones informadas. Lo que no podemos es controlar cada resultado. Y cuando dejamos de gastar energía intentando controlar lo incontrolable, algo dentro de nosotros empieza a descansar. No porque desaparezca la preocupación, sino porque dejamos de luchar contra una realidad que no depende de nosotros.

Quizá hoy estás intentando sostener demasiadas cosas al mismo tiempo. Quizá estás cargando responsabilidades, preocupaciones y escenarios futuros que todavía no han ocurrido. Si es así, quiero dejarte una pregunta sencilla: ¿Qué parte de esta situación está realmente en mis manos hoy?

Solo hoy. No dentro de seis meses. No dentro de un año. Hoy.

Muchas veces encontramos más calma cuando volvemos al presente, a ese espacio pequeño donde sí podemos actuar, donde sí podemos decidir y donde sí podemos cuidarnos.

La enfermedad me enseñó muchas cosas, pero una de las más importantes fue esta: la paz no siempre aparece cuando recuperamos el control. A veces aparece cuando dejamos de perseguirlo y aprendemos a confiar en que podemos atravesar la incertidumbre un día a la vez.

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