Lo que empezó a moverse dentro de mí

Después del diagnóstico, después del shock… llega algo que no siempre sabemos cómo manejar.

Las emociones.

No llegan ordenadas.  No llegan claras.  No llegan con explicación.

A veces aparecen todas juntas. Otras veces van cambiando a lo largo del día.

Y eso puede descolocar.

Recuerdo momentos en los que me sentía tranquila… y, de pronto, algo cambiaba. Sin una razón evidente. Sin que hubiera pasado nada nuevo.

Y ahí estaba.

El miedo. La incertidumbre.  La sensación de no saber qué iba a pasar.

No siempre era un miedo intenso.  A veces era más sutil.

Como un pensamiento que aparece sin avisar.  Como una inquietud que no termina de irse.
Como una pregunta que se queda dando vueltas:

¿Y si…?

También aparece la confusión. Porque no sabes cómo sentirte.  No sabes qué es “normal”.
No sabes si lo estás haciendo bien o mal.

Y muchas veces, en medio de todo eso, intentas seguir funcionando.  Responder.
Cumplir.  Estar.

Mientras por dentro… todo se está moviendo.

He visto esto muchas veces.

Personas que por fuera sostienen conversaciones, trabajan, cuidan a otros… y por dentro están atravesando una montaña emocional que nadie más alcanza a ver.

Una acompañada me decía:
“Hay días en los que me siento fuerte… y al siguiente siento que no puedo con nada. Y no entiendo por qué.”

Y ahí está la clave:

No tienes que entenderlo todo.

Lo que estás sintiendo no es incoherente.  Es humano.

Cuando algo tan grande entra en tu vida, también mueve todo lo que llevas dentro.

Y eso incluye emociones que tal vez no esperabas sentir.

Miedo. Tristeza. Rabia. Incertidumbre.  Incluso momentos de calma que luego se rompen.

Todo eso forma parte del proceso.No estás exagerando.  No estás siendo inestable.  No estás fallando.

Estás viviendo algo que transforma.

Si quisieras acompañarte un poco mejor en estos días, te propongo algo muy sencillo:

Cuando aparezca una emoción intensa, en lugar de tratar de controlarla o entenderla, prueba decirte en silencio:

“Esto también tiene un lugar en mí.”

Sin luchar. Sin juzgar.  Sin intentar cambiarlo de inmediato.

Solo reconociéndolo. Porque muchas veces lo que más duele no es la emoción en sí…
sino la resistencia a sentirla.

Y cuando empezamos a dar espacio a lo que sentimos, poco a poco, algo dentro de nosotros se vuelve más estable.

No porque deje de doler…  sino porque dejamos de pelearnos con lo que está pasando.

Si hoy estás en ese punto donde todo se mueve por dentro y no sabes muy bien cómo sostenerlo, quiero recordarte algo:

No tienes que hacerlo perfecto.  Solo necesitas no hacerlo sola.

Comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *