Hay palabras que parecen sencillas hasta que las vivimos de verdad. “Reconciliación” es una de ellas. No siempre se trata de reconciliarse con alguien más; muchas veces, la reconciliación más profunda es con uno mismo, con lo que fuimos, con lo que sentimos, con lo que no pudimos evitar o con lo que no supimos hacer de otra manera.
Diciembre, con su ritmo más lento y su invitación a mirar hacia adentro, es un momento propicio para eso. Para detenernos un momento y preguntarnos:
¿Con qué parte de mi historia necesito hacer las paces?
A lo largo de los años, he comprendido que la paz interior no llega de golpe. No es un destino al que se llega un día de pronto. Es más bien un proceso suave, una suma de pequeños gestos: hablar con más amabilidad, aceptar lo que no pudimos cambiar, perdonarnos por las decisiones que hoy entendemos desde otro lugar, soltar expectativas irreales que alguna vez cargamos como verdades.
Reconciliarse con uno mismo implica mirar de frente lo que evitamos por tanto tiempo, pero hacerlo con ternura. No desde la culpa, sino desde la comprensión. A veces es reconocer que hicimos lo mejor que pudimos con lo que teníamos. Otras, es aceptar que hoy somos diferentes y que eso también es parte del crecimiento.
Hace unos días, mientras caminaba en silencio al final de la tarde, me sorprendió una sensación de calma profunda. No porque todo estuviera resuelto, sino porque, por un instante, sentí que cada parte de mí estaba siendo escuchada. El aire frío me golpeaba suavemente el rostro y la nieve crujía bajo mis pasos, como si marcara un ritmo propio. Había algo en esa quietud blanca que me invitaba a soltar tensiones. El paisaje, cubierto de nieve reciente, parecía decirme que incluso lo que pesa puede descansar. Comprendí que la paz interior no siempre llega cuando los problemas desaparecen, sino cuando dejamos de pelearnos con nosotros mismos y permitimos que el invierno —externo e interno— nos enseñe a estar en calma.
Si quieres explorar este camino en casa, te propongo un ejercicio sencillo:
En una hoja en blanco, escribe una frase que comience con “Hoy decido hacer las paces con…” y deja que tu mano continúe sin pensar demasiado. Puede ser con una etapa, con una emoción, con una versión anterior de ti, con un error, con una pérdida, con un miedo. Después, lee lo que escribiste sin juicio. Solo obsérvalo. A veces nombrarlo es el primer paso hacia la reconciliación.
La paz interior no es ausencia de dolor; es un espacio interno donde lo que duele ya no nos rompe, solo nos recuerda lo humano que somos. Es un estado que se cultiva con paciencia, con silencio y con honestidad. Y en este cierre de año, regalarte ese espacio puede ser uno de los mayores actos de amor propio.
Si estás en un momento de tu vida en el que necesitas encontrar paz o reconciliarte con tu historia, puedes escribirme. Me encantará acompañarte con respeto y cercanía.

