Llegamos al final de noviembre, un mes que para mí siempre ha tenido un ritmo diferente. Entre mi cumpleaños, el clima que cambia y la cercanía del fin de año, se crea un espacio natural para detenerme, respirar y abrir el corazón.
Agradecer con el corazón abierto no es solo enumerar cosas buenas. Es un acto más profundo: es permitirnos sentir lo vivido con honestidad, abrazar lo que fue sin adornos ni máscaras, y reconocer que incluso en los momentos complejos, hubo instantes que sostuvieron nuestro camino.
A lo largo de mi camino he descubierto que la gratitud no siempre llega en medio de celebraciones ni de grandes logros. A veces aparece de forma discreta, en momentos en los que uno ni siquiera la estaba buscando. Surge cuando recordamos a alguien que estuvo presente en silencio, cuando revivimos una escena que en su momento pasó desapercibida, o cuando simplemente tomamos conciencia de todo lo que nos ha acompañado sin pedirlo.
Hay bendiciones que no se anuncian: se entrelazan con nuestra historia en forma de gestos cotidianos, coincidencias inesperadas o pequeños actos de cariño que solo el tiempo nos permite valorar en su justa medida. Agradecer con el corazón abierto es mirar con atención esos detalles que, sin hacer ruido, nos sostuvieron cuando más lo necesitábamos.
Este año, con sus desafíos y aprendizajes, me ha mostrado la importancia de no solo agradecer con palabras, sino también con presencia. A veces el agradecimiento es un silencio lleno de sentido, otras veces es un abrazo, una carta escrita a mano o un simple “gracias” que nace desde lo más profundo.
Si quieres integrar esta práctica en tu vida, te propongo algo sencillo: elige un momento tranquilo del día, respira profundamente y piensa en tres personas o situaciones por las que te sientas agradecido/a este mes. Imagina que les haces llegar esa gratitud, aunque no digas nada en voz alta. A veces, esa intención interna es suficiente para abrir el corazón y soltar tensiones acumuladas.
Mientras escribo estas líneas, el paisaje comienza a transformarse. A finales de noviembre suelen llegar las primeras nevadas. El mundo exterior se viste de blanco y negro, y una calma particular se instala en el ambiente. Las calles se vuelven más silenciosas, los árboles desnudos parecen escuchar, y el frío invita a recogerse. Es uno de mis momentos favoritos del año: como si la naturaleza misma nos recordara que es tiempo de hacer pausa, de agradecer y de prepararnos para lo que viene.
Agradecer con el corazón abierto es eso: reconocer nuestra historia, mirar con ternura lo vivido y permitir que la vida siga su curso, sabiendo que lo que ha pasado ya forma parte de nuestro camino. No se trata de cerrar con puntos finales, sino de abrir espacios de quietud para que la gratitud florezca.
Si estás en una etapa donde quieres reconectar con la gratitud y cerrar el año desde un lugar más consciente y sereno, puedes escribirme. Estaré encantada de acompañarte en este proceso.

