Reconociendo las bendiciones

Noviembre avanza, y con él llega una sensación especial de recogimiento. Para mí, este mes no solo marca un nuevo cumpleaños, también es un momento en el que me detengo a observar lo que me rodea con más atención. Hay algo poderoso en reconocer las bendiciones que, muchas veces, damos por sentadas.

Cuando hablo de “bendiciones” no me refiero únicamente a los grandes acontecimientos. Me refiero también a las pequeñas cosas que sostienen la vida en silencio: un mensaje inesperado que reconforta, una taza de café compartida con alguien querido, una caminata tranquila, una mirada cómplice. Son esos gestos cotidianos los que, con el tiempo, construyen la red invisible que nos sostiene.

En los últimos meses, mi vida ha estado marcada por cambios importantes. No todo ha sido fácil, pero en medio de cada etapa han aparecido señales de cuidado, de amor y de presencia que me han recordado que no estoy sola. A veces se trata de personas cercanas, otras de encuentros inesperados que llegan justo en el momento preciso. Reconocer esas bendiciones no cambia las circunstancias, pero sí transforma la manera en que las vivo.

Con el paso de los años he aprendido que la gratitud no siempre surge de manera espontánea; a veces hay que detenerse y nombrarla conscientemente. Cuando lo hacemos, algo cambia por dentro: el corazón se abre y la mirada se suaviza. No es negar el dolor ni endulzar la realidad, es equilibrarla con todo lo bueno que también existe y que, si no prestamos atención, puede pasar desapercibido.

Hace unos días, revisando fotos en Facebook, me encontré con recuerdos que había olvidado: cenas improvisadas, paseos sin prisa, risas espontáneas. No eran grandes celebraciones, pero al detenerme en ellas sentí una oleada de calidez interna. Me di cuenta de que esas memorias eran, en realidad, bendiciones acumuladas que la rutina había dejado en un rincón.

Si quieres hacer este ejercicio en casa, te propongo algo simple: busca un cuaderno, una hoja o incluso la aplicación de notas de tu celular. Durante los próximos siete días, anota cada día tres cosas que reconozcas como bendiciones. No importa si son pequeñas o grandes, recientes o antiguas. Al final de la semana, vuelve a leerlas despacio. Este acto sencillo suele revelar una abundancia que estaba ahí, esperando ser vista.

La vida no se trata de ignorar lo que duele, sino de aprender a mirar también lo que sostiene. Y muchas veces, esa mirada agradecida se convierte en la luz que necesitamos para atravesar los momentos más inciertos.

Si este tema resonó contigo y estás en un proceso en el que te gustaría encontrar nuevas formas de reconectar con la gratitud, puedes escribirme. Me encantará acompañarte en ese camino.