Mi cuerpo habló… y tuve que aprender a escucharlo

Durante muchos años di por sentado que mi cuerpo simplemente iba a acompañarme.

Lo despertaba temprano.
Le exigía jornadas largas.
Le pedía energía cuando la necesitaba.
Y, en general, esperaba que siguiera mi ritmo.

No recuerdo haberme detenido demasiado a preguntarle cómo estaba. Hasta que un día dejó de susurrar y empezó a hablar más fuerte.

Creo que muchas personas que atraviesan una enfermedad entienden perfectamente de qué hablo.

Hay un momento en el que el cuerpo deja de ser algo que simplemente nos acompaña y se convierte en algo que reclama nuestra atención.

A veces lo hace a través del cansancio, otras veces mediante síntomas que aparecen sin explicación, algunas veces mediante dolor y otras, a través de diagnósticos que cambian la forma en que entendemos nuestra vida.

En mi caso, la enfermedad me obligó a desarrollar una relación completamente distinta con mi cuerpo.

Tuve que aprender a observar señales que antes ignoraba.
A respetar límites que antes intentaba superar.
A entender que no todo se resolvía con voluntad.

Y eso no fue fácil.

Porque durante mucho tiempo confundí escuchar a mi cuerpo con rendirme.

Si estaba cansada, intentaba seguir. Si necesitaba descanso, lo posponía. Si algo me preocupaba, intentaba minimizarlo.

Hasta que comprendí algo importante:

Escuchar al cuerpo no es debilidad, es una forma de respeto.

Hace algún tiempo acompañé a una mujer con una enfermedad autoinmune que me dijo algo que nunca olvidé:

«Siento que llevo años peleándome con mi cuerpo.»

Y creo que muchas personas podrían sentirse identificadas. Porque cuando el cuerpo deja de responder como antes, es fácil verlo como un enemigo.

Nos enfadamos con él, nos frustramos, le exigimos volver a ser el de antes.

Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué está intentando decirnos.

La escritora y médica Rachel Naomi Remen escribió una frase que siempre me ha gustado:

«El cuerpo es el mensajero del alma.»

Más allá de la interpretación que cada uno quiera darle, creo que contiene una invitación importante: Escuchar.

No solo los síntomas, también las necesidades.

La necesidad de descanso, de bajar el ritmo, de pedir ayuda, de dejar de exigirnos como si nada hubiera cambiado.

Porque la enfermedad cambia muchas cosas.

Pero también puede enseñarnos algo que quizá nunca aprendimos: A tratarnos con más cuidado.

A veces me pregunto cuántos años pasamos escuchando a todo el mundo menos a nosotros mismos.

Escuchamos obligaciones, expectativas y lo que deberíamos hacer.

Y olvidamos escuchar lo que necesitamos.

Quizá por eso, una de las lecciones más profundas que muchas personas descubren durante una enfermedad no tiene que ver con medicamentos ni tratamientos.

Tiene que ver con aprender a vivir en su cuerpo de una manera nueva.

Con más atención, más respeto, más compasión.

Y aunque no fue una lección que buscáramos aprender, puede convertirse en una de las más transformadoras.

Si hoy sientes que tu cuerpo está intentando decirte algo, quizá no tengas que resolverlo todo de inmediato.

Quizá el primer paso sea simplemente detenerte unos minutos y escucharlo.

A veces ahí comienza una conversación que llevábamos años postergando.

Y si este tema resonó contigo, me encantará leerte. Porque muchas veces descubrir que no somos los únicos viviendo algo así también forma parte del proceso.

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