Hay dolores que te tumban. Que te dejan sin palabras, sin rumbo, sin fuerzas.
Y, sin embargo, también hay algo en nosotros —a veces escondido, muy silencioso— que puede activarse justo en esos momentos: la capacidad de transformarnos.
Hoy quiero compartirte dos historias. No son cuentos de hadas, ni finales felices maquillados. Son procesos reales, humanos, imperfectos. Pero también son prueba de que el dolor puede convertirse en impulso.
Y que incluso cuando todo parece derrumbarse, hay algo nuevo que puede comenzar a construirse.
🌿 La historia de Carla: volver a elegir la vida
Carla llegó a mí con la voz apagada. Había perdido a su hijo en un accidente inesperado, y no encontraba sentido en nada. Su mirada estaba vacía, y me dijo algo que aún guardo en el pecho:
«Siento que todo mi mundo se murió con él.»
Durante nuestras conversaciones, lloró, dudó, se enojó con la vida, con Dios, consigo misma. Su duelo era profundo y legítimo.
Y en medio de ese dolor, surgió una pregunta que marcó un antes y un después:
«¿Qué puedo hacer con tanto amor que ya no sé a quién dárselo?»
Carla no tenía fuerzas para grandes cambios. Pero empezó con algo pequeño: se inscribió como voluntaria para acompañar a adultos mayores en un hogar cercano a su casa. Solo iba una vez por semana. A veces solo tomaban té en silencio, otras charlaban de la vida.
Sin darse cuenta, esos encuentros comenzaron a devolverle algo que creía perdido: el vínculo, la presencia, la ternura compartida.
Un día, uno de los residentes le dijo:
«Desde que vienes, me siento menos invisible.»
Y al contármelo, Carla me dijo:
«No puedo ser madre de nuevo, pero puedo seguir cuidando. Puedo estar para alguien.»
Carla no volvió a ser la misma. Pero encontró una manera amorosa y silenciosa de transformar su dolor en presencia para otros.
Y así, poco a poco, volvió también a estar presente para sí misma.
🌱 La historia de Daniel: reconstruirse después de la ruptura
Daniel se había separado después de 20 años de matrimonio. Su esposa le pidió el divorcio y él sintió que el piso se le abría debajo de los pies. Me decía:
«Yo era parte de un equipo, y ahora no sé quién soy solo.»
Había dejado de lado muchas cosas que amaba: escribir poesía, tocar la guitarra, caminar por el parque sin apuro. Todo eso lo había guardado en una caja, por priorizar su rol de pareja, de padre, de proveedor.
Pero algo pasó en su proceso: empezó a escucharse.
Recuperó esos espacios, sin culpas. Se apuntó a un curso de escritura y escribió un poema sobre el dolor de soltar lo que uno ama. Ese poema lo compartió una noche en una pequeña lectura abierta, y al terminar, me dijo:
«Me dolió leerlo… pero me hizo sentir vivo.»
Daniel no volvió a ser el de antes. Fue otro. Uno más conectado con lo que siente, con lo que desea, con la vida que hoy elige construir.
¿Qué tienen en común estas historias?
Ninguna de estas personas “superó” su dolor como si fuera una meta que se alcanza.
Transformaron su experiencia porque se permitieron:
- Sentir sin apurarse
- Buscar sentido sin forzarlo
- Tomar decisiones pequeñas y constantes
- Aceptar ayuda
- Conectar con lo que sigue vivo dentro
Hoy te invito
Tal vez tú también estás en ese punto donde el dolor te pesa.
Tal vez aún no ves qué puede salir de ahí.
Pero si algo quiero dejarte con estas historias es esto:
No tienes que tener todas las respuestas ahora. Solo abrir un poquito la puerta a la posibilidad de que, incluso desde lo más roto, puede nacer algo nuevo.
💬 ¿Quieres que te acompañe?
Si estás atravesando un duelo o una transformación y necesitas apoyo, estoy aquí para acompañarte con respeto, escucha y presencia.

